Rupias de la serie “Hasta mudra”

Hace unos días circulé por las redes el siguiente meme. Tengo que decir que la originalidad no es mía: yo me limité a traducir un chiste que encontré circulando en inglés.

Tras la sonrisa de rigor, comenté estas curiosas monedas a dos alumnos indios. Ellos me explicaron que pertenecen a la serie de rupias “Hasta Mudra”, que se emitió entre 2007 y 2011. Es una serie formada por tres pequeñas monedas de acero inoxidable con valores de 50 paisa (céntimos), 1 rupia y 2 rupias. Sus motivos tienen que ver con los bailes tradicionales de la India.

Los mudras son gestos que los bailarines de danza clásica india realizan con las manos. Como todo en la cultura India, los mudras son muy complejos, representan complejos abstractos y se relacionan con la mitología india. 

Aquí tenéis una enumeración en vídeo de los mudras que se pueden realizar con una sola mano. Según este vídeo, las monedas representan los mudras Mushthi (50 paisa), Shikhara (1 rupia) y Kartarimukha (2 rupias). En el siguiente vídeo podéis ver a unas bailarinas que hacen mudras. Podréis ver los tres mudras que aparecen en las monedas.

Estas monedas se fabricaron en las cuatro cecas indias. Se puede distinguir fácilmente la procedencia de las monedas sin más que fijarse en el símbolo que aparece bajo la fecha: si aparece un rombo se trata de la ceca de Bombay; si aparece una estrella de cinco puntas es la ceca de Hyderabad; si aparece un punto es la ceca de Noida; y si no aparece nada es la ceca de Calcuta. 

Entre todos los valores, fechas y cecas hay 44 monedas distintas de la serie “hasta mudra”. Ninguna de ellas es cara, pero algunas provenientes de Hyderabad y Noida pueden ser complicadas de encontrar, sobre todo si no se adquieren desde la India.

Aprovecho esta entrada para declararme un ferviente seguidor de la cultura India. Es una cultura complejísima que nos es muy ajena. Es casi imposible para un occidental llegar a entenderla, salvo que dedique su vida a ello. Pero, al contrario que otras culturas asiáticas, no requiere un gran esfuerzo para poder disfrutarla. Su comida, vestimenta, música, cine, danza… nos resultan exóticos pero agradables. De hecho, muchas de las entradas de este blog las he escrito mientras escuchaba una tabla o un sitar.

Os dejo también un texto que escribí en Udaipur, cuando en 2018 viajé por la India.

Hoy he dado un muy buen paseo por Udaipur con la idea de rodear los dos lagos que tiene la ciudad. Estando en la orilla opuesta del lago más externo, justo en el punto más lejano de la ciudad, empezó a llover a cántaros. En medio del campo y bajo una lluvia monzónica, no tuve más remedio que continuar andando y aceptar como inevitable que acabaría totalmente empapado. Al cabo de un par de kilómetros llegué a un edificio en construcción y allí me resguardé durante un rato con los obreros y el orgulloso dueño de la casa.

Cuando amainó continué mi camino, que me llevó a un barrio muy pobre. El agua  fluía por las calles como si fueran ríos, dejando un punto totalmente inundado porque allí confluían varias calles y no había desagüe posible. Lejos de verlo como un problema, los niños del barrio disfrutaban de la nueva piscina que apareció ante sus ojos. Allí estaban jugando unos quince niños medio desnudos entre dos y ocho años, junto a dos perros que se unieron a la diversión. Quien no lo pasaba tan bien era una vaca que no encontraba forma de cruzar el charco. A todo esto, la vaca se resbaló y cayó al agua, provocando un tsunami que casi cubre por completo a dos de los niños más pequeños. La vaca se levantó, los pequeños se frotaron los ojos, los más mayorcillos seguían saltando y yo no pude más que reír a carcajadas.

Mi risa alertó a los niños, quienes salieron corriendo del agua como si descubriesen que la piscina tuviera pirañas. Vinieron hacia mí y en un momento me vi rodeado de unos veinticinco niños, la mayoría de ellos desnudos o casi; las únicas que iban bien cubiertas eran las niñas más mayorcillas (de unos ocho o diez años). Todos me pedían y yo no tenía nada para darles, así que propuse ir con ellos a la tienda de chucherías que había al lado. El guirigay a mi alrededor era tremendo. Al llegar a la tienda compré treinta bolsas de gusanitos y las repartí entre los niños; también tuve que enseñar a multiplicar al tendero para demostrarle que treinta bolsas a cinco rupias cada una no eran doscientas cincuenta rupias, sino ciento cincuenta. Esa clase de matemáticas le costó la propina que pensaba dejarle.

Piscina improvisada en un barrio de Udaipur

Con los niños distraídos seguí mi camino por el barrio llamando la atención a todo el mundo. Me miraban descaradamente las señoras desde las ventanas, los jóvenes al pasar, los niños que me cruzaba… supongo que todos se preguntarían que qué haría en su barrio ese blancucho empapado como un pollo. Yo, simplemente, les asentía con la cabeza y sonreía; una sonrisa que, por lo general, me era devuelta.

Me crucé también con dos mocitas adolescentes. La más atrevida de ellas me hizo un gesto para que me acercase, mientras la otra me miraba y se tapaba la boca con una risa nerviosa por semejante atrevimiento. La chica atrevida me ofreció Jamun, una fruta semejante a una uva grande pero de sabor mucho más amargo. Acepté uno por cortesía y porque podía dar lugar a una conversación interesante. Así fue. La chica no sabía ni dos palabras de inglés, pero los gestos fueron suficientes para decirme que se llamaba “Ganga” y que me invitaba a tomar un té. Ni qué decir tiene que yo acepté encantado la invitación. Así que ambos fuimos a su casa sin saber quién era más atrevido de los dos; su amiga nos seguía de cerca sin poder contener la risa nerviosa.

La casa de Ganga consistía en una estructura de cemento con dos habitaciones y un porche cubierto. Ambos flancos del porche los tenían llenos de útiles de cocina, mantas, telas y cosas variadas. En el centro estaba un camastro y detrás de él un frigorífico. Las paredes lucían dos relojes que llevaban años sin dar la hora, dos carteles que mostraban la foto de un bebé y un pequeño espejo. Había también una parte vacía y oscura que quiero creer que no era la letrina. En el camastro se reclinaba el padre de Ganga, mientras que la madre estaba sentada en el suelo con los pies cruzados y acunando a un niño de meses con sus rodillas. La acompañaban tres o cuatro mocitas y un muchacho algo más mayor. Las habitaciones parecían casi vacías. En una de ellas dormía en el suelo un recién nacido. En la otra habían puesto una tela entre los picaportes de la puerta entreabierta y la hamaca resultante servía de cuna para otro chiquitín que ahí dormía. Dos gatos atados con una correa y unos cuantos cientos de moscas completaban la escena.

Ganga me presentó a sus padres y les dijo que me había invitado a tomar té. Acto seguido el padre mandó a uno de los niños a que fuese a comprar leche y Ganga me sacó una silla de plástico mugrienta para que me sentase; debía ser la única silla que tenían en casa puesto que todos los demás se sentaron en el suelo a mi alrededor. Al poco tiempo Ganga prendió una pequeña lumbre utilizando para ello un trozo de tela que cortó de un saco viejo, dos bolsas de gusanitos y un taco de madera que cuidó de que solo prendiese por un extremo para poderlo volver a usar. Viéndome tan mojado me pidieron que me acercara a la lumbre para secarme e incluso me ofrecieron una camiseta seca si me quería cambiar. 

Un blancucho como yo debía de ser algo realmente extraño en el barrio. Nadie de la familia apartaba de mí la mirada ni un momento. Y allí cada vez había más gente; especialmente más mocitas que se sentaban a mi alrededor. Las vecinas también me miraban y los niños del barrio se amontonaban en la puerta del porche. Todos atentos a la novedad que yo debía suponer a pesar de que no podía hablar con nadie porque nadie sabía inglés.

A base de gestos y de las cuatro palabras en inglés que sabía una prima de Ganga, pude entender que allí vivían dos familias. Una era la familia de Ganga, compuesta por sus padres, ella, sus seis hermanas, su hermano, la mujer de su hermano (quien se cubría la cara con un velo traslúcido pero no me quitaba un ojo de encima) y el niño recién nacido que dormía en el suelo. Otra era la familia del hermano de su madre, quien también estaba por allí. Esa familia la componían el matrimonio, sus cuatro hijos, su yerno y los otros dos chiquitines que allí estaban, hijos de la prima de Ganga. En total diecinueve personas dormían en aquella casa. También me dijeron que allí nadie había ido a la escuela y que los pequeños seguían sin escolarizar. “No money, no school” fue el duro resumen que hizo la prima de Ganga con su limitadísimo vocabulario. 

Quizá si ella hubiese tenido más nivel de inglés y yo hubiese tenido más confianza, me hubiera podido explicar por qué todos los lujos que pude ver en esa familia los acaparaba Rahul, el hermano de Ganga. Mientras la multitud de chicas vestían de harapos y con el pelo desaliñado, Rahul iba con unos vaqueros rasgados, una camisa abierta y bien peinado. Tenía, además, un smartphone y una motocicleta. Su aspecto era el propio de un chico de clase media en la India mientras que nada más ver a sus hermanas se hace muy obvio que no tienen ni dónde caerse muertas.

En cuanto trajeron la leche Ganga la calentó y el resultado fue un chai masala estupendo. A mí me sirvieron una buena porción en una copa de cristal que debían de reservar para los invitados; otra buena porción se llevó su padre y lo poco que sobró lo repartieron en dos vasos para Ganga y su madre. También me ofrecieron comida, que consistía en rebanadas de pan de molde sin más añadidos ni condimentos; como las tres que se comió el padre. Bebí el té cuando se enfrió lo suficiente y, después de tomarnos unas fotos, me fuí y pedí a mi anfitriona que me acompañase un poco. 

Ganga parecía un poco reticente a acompañarme, pero finalmente accedió. Escoltados por el ejército de niños que se arremolinaba en la puerta, fuimos a una tienda de chucherías donde Ganga me pidió que comprase diecisiete helados para ella, sus padres y los catorce niños que nos seguían. Al final compré veinte, pidiéndole que llevase el resto a casa, y le di una propina con la promesa de que ese dinero se lo daría a su padre. Luego, sin más, continué mi paseo. 

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